Nadie más supo anticipar, en 1848, lo que hoy llamamos globalización como una tendencia imparable de la lógica intrínseca del capitalismo. De esa fascinación por la fuerza revolucionaria de la burguesía, que consigue que «todo lo que era sólido y estable sea destruido», surge la necesidad de analizar detalladamente «el capital (que) es la fuerza que todo lo domina en la sociedad burguesa». Y lo hace tras estudiar detalladamente la historia y la realidad de su época, ya que Marx era «un hombre verdaderamente informado» (Schumpeter), y «su fuerza se halla en el realismo del conocimiento empírico del sistema capitalista» (Leontieff).
Al igual que Adam Smith, encuentra la explicación a esa fuerte capacidad dinamizadora de la burguesía en la existencia de competencia entre capitalistas y en su necesidad de maximizar los beneficios, ya que «la obtención de ganancias es el solo fin que persigue» el capitalista, en un proceso «inacabable y sin descanso», hasta el punto de señalar que el objetivo de la economía capitalista no es satisfacer necesidades humanas, sino ganar dinero para incrementar la acumulación de capital.